Me sé canalla, excelente mentidor.
Mentir para sacar cosas, formar soldados, armar fiestas, solucionar enredos.
Me sé excelente mentidor.
Mentir para aderezar mis sueños, ocasionar gestos, enaltecer desidia, ser mejor.
Me sé mentidor.
Mentir para mostrar verdades, comer solo, adorar mujeres doblables, expulsarlas de casa.
Mentidor.
Mentir para caminar a gusto, engañarme, trabajar menos o mejor, que sí.
Mentir para contar cuentos, cuentear, obtener una lágrima, verdadear con la sonrisa de mis niños.
Mentidor.
Que me quiera quien me odia, que me odie quien no quiera, arrojar lo blando, ablandar lo duro.
Y estás en el vértice del infinito,
en la probada llaneza de mi uña,
en la dioseosa inmoralidad de mi–cada–uno,
en la ínfima grasa de tus infiernos.
María cosa, María covacha perdida,
mentiras largas, doradas, ríos en calle de bajada,
delirios decantados, íos perpetuos.
Mis mentiras mamadas.
Y vuelvo al fin.
Sé que hablas con la gente, compras botas españolas
y frutas de mujer anaquel
mirando tu casa
oxitosándome.
Sé que estás frita en mis sueños, dando
saltos, moviendo los ojos de pé a pá
sin la boca abierta.
Y vuelvo al fin.
Me sé canalla, mentir me salva,
sí, no, sí, no. Me salva,
dame,
de nuevo,
tus manos.
Y vuelvo al fin.
Que tu madre nos mata
y me mate tu madre
siendo el ruido del estornudo
el estertor.
Y vuelvo al fin.
Mentirte caminando de tus manos a tu casa
—sacarle el grito—
sacrificarte en la muralla de ti, tu propiedad,
derruir tu brillante lengua,
ejercer el poder
escondido
en el pliegue
de la cadena que espera de nuestros cuellos.
Aquí estoy,
vuelvo al fin.