no es que el amor roce
solo
agota
hiela mis manos
moras
las chupo
trago
no es que el amor roce
solo
agota
hiela mis manos
moras
las chupo
trago
Infancia derretida en mi nieve de menta.
Convido estirando el brazo
a la paloma que bebe de la cuchara de plástico…
De dónde —pregunto— me viene el afán franciscano.
He caído en el engaño del bato de Asís:
no la miseria prístina que hermana
sino la pata de perro que enseña.
La soledad es desarraigo porque es
dejar el aire, la tarde, el olor de la tierra…
No abrir la ventana, dejarla abierta,
escoger un rumbo desafiando a Dios–tino,
el destino que es camino de piedra.
Hallo entre los sueños cotidianos el mundo que me rodea.
Y oigo el cuac cuac del niño de plomo que aletea
y grita su enfado
extiende las manos
la paloma se aleja.
El suicidio estaba presente
azaroso noctámbulo dejaba caer piezas
de acero: tornillos clavos pernos
¿Quién conoce aquellos estertores
golpear el piso la cabeza lo hueco?
Las uñas narran en tus poros
mi silencio
—ahuyenta tus palabras—
y viceversa
Tu cabello busca acomodarse en el piso
tus rodillas en las mías
nuestros olores
la luz llega al vidrio
un descuido es tu cara
cansada
tus ojos cerrados
tu respiración
mis ojos
tus tetas
mis manos
tus nalgas
al piso
Sin separar mi semen
de tu piel
mi lengua es tus labios
En vano el amor
insiste en entrar
Las limosnas
no serían recuerdos del escarnio
si no volaran a diario en los templos
El amor decae entre insomnios
pierde quietud
la espina del espíritu
En dedos entrelazados
una mano es pala
la otra charco
Un rostro refleja el vidrio
que parpadea
vivo con malhechos
Cada dios grita piedad
lejos
a tiro de piedra
Sólo me molesta cuando jala hacia abajo
y corta un poco más
La sangre pegada al cuerpo
y secarse
Miro su rostro de pequeñas estrellas
envueltas en un semblante impávido
Se dirá que la amo