La experiencia límite es indescriptible.
Comienzo así.
el cuerpo resiste el alma no
él mueve ella escapa
todo lo hiere nadie la ve
se diluye en polvo se adivina en vaho
Piénsese el piso, ámese el cielo.
La línea rota se perpetúa
en un espejismo de la inteligencia
en su camino apremiado de fe.
Como la luna repta si está llena.
Pero paguemos un alto
para mirar las cimas
del volcán, el techo,
el algodón de nubes y de espuma.
Abramos la zancada y el compás
de las manos y a Midas
hagámoslo mirada.
Ustedes, porque nadie más puede, hundan
sus zapatos en un charco
de calle después de la lluvia;
miren que gotea el cielo,
que la lluvia llama la nube negra.
Como miro el tinto después de la droga dura.
No sientan el barrote seco,
el hielo del acero colado;
no escuchen sus rumores llegar
golpeados a la frente, los ojos
clorados, las manos cruzadas
fuera de la celda que mea ente,
los dedos entramos lozanos.
Porque el teatro nuestro de cada día
es la forma manierista, nuestro término
medio.
Y oren. Los que puedan.