Cuento
Las manos informes detentan al ave pasajera,
un pedazo de carne. Se sumen en cimas y
en simas resurgen, abrevan en desiertos,
huelen la muerte; su aroma a sexo invade y embriaga.
La lucidez anda suelta y miento.
Visionario, intento asir. Ella se yergue, me excita
y desaparece, tímida, hastiada.
Otea mi malicia y me guía
hasta descubrirme el oasis
de Onán.
Sus sentidos lerdos, inocentes, rasan la marea hasta
lograr espuma. (La cicatriz aún no cierra.)
Desnuda, se recoge, levanta sus alas y se marcha
virgen.
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