Infancia derretida en mi nieve de menta.
Convido estirando el brazo
a la paloma que bebe de la cuchara de plástico…
De dónde —pregunto— me viene el afán franciscano.
He caído en el engaño del bato de Asís:
no la miseria prístina que hermana
sino la pata de perro que enseña.
La soledad es desarraigo porque es
dejar el aire, la tarde, el olor de la tierra…
No abrir la ventana, dejarla abierta,
escoger un rumbo desafiando a Dios–tino,
el destino que es camino de piedra.
Hallo entre los sueños cotidianos el mundo que me rodea.
Y oigo el cuac cuac del niño de plomo que aletea
y grita su enfado
extiende las manos
la paloma se aleja.
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